Soy Eugenia, de Las Palmas y voy a contaros una de las últimas
experiencias que he tenido. Tengo 21 añitos y un tipo espectacular.
Hace casi dos años vivo en la península con Alex,
mi tío de 57 años, en su chalet de Las Rozas a unos
15 km. de Madrid, y soy de su entera propiedad. Todo lo que gano
como modelo y como puta de lujo, es para Alex del que estoy tan
coladita que me he dejado marcar, tatuándome el nombre
de mi chulo al final de la espalda, justo encima de la raja del
culo. Desde que me marché de la isla, todos los años
vuelvo por carnavales y este con más motivos ya que Esteban,
el director de la agencia de modelos para la que trabajo, me había
conseguido un pase de trajes de baño en un centro comercial
de Las Palmas.
El viernes al mediodía teníamos fijada la salida
de nuestro vuelo desde Barajas y por fortuna, no se demoró
demasiado. A Alex le gusta llevarme siempre vestida muy provocativa,
por eso me puse unos shorts negros de licra súper cortos,
sin bragas debajo, que me marcaban toda la raja del coño,
un top del mismo color que se ataba por la espalda con tres finos
cordoncitos, una cazadora vaquera encima y unas plataformas de
diez centímetros que, unidas a mi altura, me alzaban del
suelo como una imponente diosa. Alex, viendo como se les caía
la baba a los tíos, mirándome, decidió ponerles
los dientes todavía más largos y me susurró
al oído:
- ¡Venga, nena, sácate la cazadora para que terminen
de verte bien, que los tienes ya loquitos a todos!.
Él mismo me ayudó a quitármela y sin mucho
disimulo, me di un par de vueltas, exhibiendo mi preciosa espalda
desnuda ante las miradas lascivas de aquellos machos salidos.
Mi novio, muy ufano, me sentó en sus rodillas y se pegó
el lote conmigo en mitad del hall, sin cortarse nada. Nada más
aterrizar, alquilamos un coche en el mismo aeropuerto y nos dirigimos
al hotel de Las Palmas, situado frente al Puerto de la Luz, en
el que habíamos hecho la reserva. Un botones nos acompañó,
con las maletas, y nada más entrar en la suite, nos desnudamos
y nos metimos en la bañera.
Al día siguiente, Alex me despertó con un beso.
Eran las doce de la mañana y recordé como en una
nebulosa, la corrida que me regaló en la bañera
y los dos polvos que me echó después. Decidimos
pasar un día de playa en Maspalomas, al sur de la isla,
así que me vestí para la ocasión con un diminuto
y provocativo bikini calado, totalmente transparente. Encima me
puse un simple minivestido playero de punto, color turquesa, y
me calcé unas zapatillas de deporte, sin calcetines.
En el parking del hotel, Alex me dio las llaves del coche y mientras
yo conducía, llamé por el móvil a Ricardo,
de 61 años, uno de los amigos más guarros de mi
padre, contándole que estaba en la isla, de lo que se alegró
un montón. Le invité a él y al resto de amigos,
al pase de modelos que tenía al día siguiente en
el centro comercial. En Maspalomas lo pasamos superbien. Dimos
una vuelta por la ciudad y después de almorzar, nos fuimos
a tomar el sol a la Playa del Inglés. Estoy acostumbrada
a ser el centro de atención allá por donde voy y
además me encanta que eso ocurra por lo que, nada más
quitarme el vestidito, tuve pendientes de mí a todos los
tíos que estaban a nuestro alrededor. Al instante me quedé
en top-less y el tanga que lucía consistía en un
simple triangulito transparente, de color beige, que me tapaba
el coño y que se sujetaba con un cordoncito elástico
por la cintura y por otro que se metía por dentro de la
raja del culo.
Tras unas horas de playa y dispuestos a regresar al hotel, a
la salida de Maspalomas me metí por un pequeño caminito
de tierra, paré el motor y nos pasamos al asiento de atrás.
Solo tuve que sentarme sobre su pollón y empezar a subir
y a bajar como una posesa, con lo que no tardé mucho en
venirme. El cabrón de Alex, con su aguante, me permitió
disfrutar de dos nuevos orgasmos antes de correrse abundantemente
en mi coño. Conduje, de vuelta, sintiendo como me resbalaba
por los muslos el semen de mi novio y al bajarme, en el parking,
dejé una buena mancha de recuerdo en la tapicería
del asiento. El domingo, una hora antes de que comenzase el pase,
ya estábamos Alex y yo, en el centro comercial. Cinco minutos
antes de empezar, me asomé entre las cortinas y comprobé
que estaba todo repleto de público. En la primera fila
de uno de los laterales, estaban Alex y los amigos de mi padre:
Ricardo, Alberto de 57 años y Álvaro de 56. Ricardo,
que estaba hablando con un tío sesentón que yo no
conocía, me saludó y yo, sonriendo, le hice burla,
sacándole la lengua.
Todas las modelos desfilamos descalzas y sin medias, con una
coreografía súper divertida y pizpireta, lo que
me permitió dirigirme al público con mis habituales
gestos y burlas. Tuve ocho salidas a la pasarela con distintos
bikinis y bañadores y en todas me detuve delante de mi
novio y compañía haciendo posturitas y poses. Al
acompañante de Ricardo se la caía la baba mirándome,
todo embobado, de arriba a abajo y le dediqué un par de
besitos, cosa que le hizo mucha ilusión. Nada más
terminar el desfile, me cambié y me vestí muy pasadita
y desmadrada para disfrutar a tope del ambiente de carnaval. Me
puse una mini negra, un top y la cazadora vaquera encima. Como
tenía los pies sucios de la pasarela, decidí ir
descalza y pasar de las plataformas. No era la primera vez que
salía a la calle sin zapatos, luciendo mis preciosos pies
ya que sé que a cantidad de viejos les gusta las niñatas
así y a mí me pone mogollón complacerles.
Alex estaba en la puerta del camerino y me acompañó
hasta el disco-bar que había enfrente, donde nos esperaban
los amigos de mi padre al final de la barra. Todos alucinaron
al verme llegar descalza e hicieron un corrillo alrededor de mí,
felicitándome por lo maravillosa que había estado
en el desfile. Ricardo me presentó a Caco, su amigo, que
resultó ser el jefe de mi padre con el que, por lo visto,
se llevaba muy mal y lo tenía machacado en el trabajo,
así que pensó que qué mejor forma de humillarle
todavía más que tirándose a la guarra de
su hija. El viejo no se cortó nada y me pegó un
muerdo que me limpió la boca con lo que sintió el
doble piercing que llevo en la lengua. Alex, que me tenía
cogida por la cintura, me dijo:
- ¿Por qué no le das un recuerdo? Anda, quítate
las bragas y dáselas.
Me metí las manos por debajo de la mini y me saqué,
allí mismo, las braguitas color rosa que llevaba. Se las
di a Caco, y el muy cerdo, las olió antes de metérselas
en el bolsillo de la chaqueta. Entonces comenté que quería
coger un buen “ciego” aquella noche y Ricardo propuso
irnos a un pub, cerca de la playa, situado en el Paseo de las
Canteras. De camino al local, los cuatro cerdos no pararon de
meterme mano y de sobarme ante la mirada complacida de Alex. El
pub estaba bastante tranquilo y nos situamos en un rincón
de la barra.
Miguel, el dueño, un tío de unos 50 años
me reconoció y mirando a Alex, como pidiendo permiso, me
comió la boca a fondo. Después de cuatro o cinco
copas, no veía nada, solo oía voces y sentía
las manos de aquellos viejos metiéndose por todos los rincones
de mi cuerpo. Entre todos me sacaron casi a arrastras del local
y me subieron a un coche. Después supe que me llevaron
a casa de Caco, me desnudaron y me metieron la cabeza bajo la
ducha fría para que me espabilase un poco. Para no alargarme
mucho, diré que me embadurnaron el cuerpo de aceite desde
el cuello hasta los pies y que entre todos me dieron una especie
de masaje, sintiendo como diez manos me magreaban enterita.
Todos me buscaban la entrepierna, metiéndome las manos
dentro de la raja del culo y hurgándome el coño
y el ojete. Cuando se cansaron, me pusieron a cuatro patas y empezaron
a follarme uno tras otro, sin condón. Después de
pegarme quince o veinte pollazos durísimos, dejaban sitio
a otro y así sucesivamente. Aquella especie de cadena hizo
que me viniera tres veces, soltando flujo como si me mease. Los
cinco cabrones se corrieron en mi coño, dejándome
un pastelón de semen que me empezó a chorrear muslos
abajo. Luego, a base de mamadas y chupadas en los cojones, conseguí
levantárselas de nuevo y ahora, de dos en dos, comenzaron
a hacerme bocadillos, clavándomela uno por el coño
y otro por el culo. Me dejaron el ojete abierto como el túnel
del metro y no sé las veces que me corrí hasta morirme
de gusto, pero como buena traga semen que soy, no quise perderme
mi ración de cuajada así que les pedí que
se vaciaran de nuevo en mi boca. Sonriéndoles y sacando
la lengua, me lo tragué todo, saboreándolo con total
placer.